| Vinos de Granada, el elixir de una tierra única |
|
|
|
| Jueves, 17 de Diciembre de 2009 09:42 |
|
Dice el Nuevo Testamento que en las bodas de Caná el Redentor transformó agua corriente en un vino excelso. Granada es una tierra de milagros -todo es posible aquí, reza el dicho- y de personas con gran capacidad de transformación, sin duda alguna. Y una tierra con la virtud de engendrar, merced al trabajo incansable de sus bodegueros, la paciencia en la crianza y unas condiciones climáticas envidiables, unos caldos diferenciados y diferenciables de los producidos de su entorno más inmediato.
Granada es una tierra muy rica en tradición vitivinícola, si bien hasta hace poco tiempo la producción se destinaba a consumo propio o a la venta a granel. La inquietud empresarial -que existe, por mucho que haya quien niegue la evidencia- y la fe en las propias posibilidades han los factores que, en muy poco tiempo, han puesto a los vinos de Granada en el mapa vitivinícola patrio con letras de honor, a decir de los entendidos. Desde poblaciones costeras como Albondón, La Rábita o Jete, a nivel del mar, hasta la vega, donde en pueblos como Atarfe ya se producen vinos de calidad, pasando por el Valle de Lecrín, la Alpujarra y la zona norte de la provincia, Granada se ha convertido en un minicontinente no sólo turístico, sino también enológico. Porque diferenciados son los aromas y sabores de los caldos que se cultivan en la tierra, diferentes son también los métodos de producción y las aspiraciones de las bodegas. Coinciden todas ellas, sin embargo, en un objetivo común: colocar a Granada y sus vinos en el lugar que merecen. Y a fe que lo están consiguiendo. Profesionalización Lejos quedan ya los tiempos en que el vino se producía para deleite de las familias, como pequeño tesoro que compartir, si acaso, con los amigos, vecinos y deudos más próximos. Ahora, son decenas las empresas que producen vinos de forma industrial, cada una con su tamaño y con sus posibilidades, cada una con su público tradicional y otro que, como ha ocurrido en los últimos doce meses desde la anterior Muestra de Vinos de Nuestra Tierra, ha dejado entrar en su mesa los caldos más cercanos. Y son también muchos los restaurantes que ya cuentan con una amplia variedad de vinos de Granada en sus cartas, y que los recomiendan activamente, como los lectores de IDEAL han podido ver en las páginas del periódico en las últimas semanas. Llega el momento, pues, de las realidades. De poner en valor el legado de una tradición en la producción de vinos que se remonta a 500 años atrás. De reconocer el esfuerzo de quienes elaboran unos caldos que ya están obteniendo premios en prestigiosos concursos nacionales e internacionales. De pedir a todos los granadinos que no pierdan la oportunidad de conocer el fruto del trabajo de sus vecinos, de un puñado cada vez mayor de viticultores que, unidos a su tierra por las raíces familiares o por el cariño hacia el vino bien hecho, están consiguiendo ofrecer, ofrecernos, unos caldos que hace ya tiempo que son mucho más que simples vinos de mesa. Dicho sea con todos los respetos para ese vinillo familiar y entrañable que calentaba el cuerpo y el espíritu en los otrora largos inviernos granadinos. De norte a sur, de este a oeste, de la sierra a la montaña, los caldos de las tres zonas geográficas que agrupan los vinos de Granada (Contraviesa-Alpujarra, vino de la Tierra Norte y vino de la Tierra Granada-Suroeste), ofrecen hoy un producto de calidad, creado con la mejor tecnología disponible, con un cuidado trabajo que va desde la selección de las cepas hasta su maduración, y sobre todo, con mucho cariño y amor por el trabajo bien hecho. Esto es lo que los Visitantes en la II Muestra de Vinos de Nuestra Tierra van a encontrar. Caldos honrados, fabricados con ilusión en bodegas que, en algunos casos, acaban de comenzar su andadura, y en otros casos, acaban de transformar su producción artesanal en industrial sin perder ese toque cercano y propio que les animó a crear vino durante décadas. |





